Todos los hombres estamos cortados con la misma tijera.

Hace 3 años estaba sentando en un círculo compuesto solamente por hombres de diferentes edades que compartimos como había sido la relación con nuestros antepasados masculinos. En mi caso fue un reencuentro desde el amor con mi abuelo y mi papá, con el que comparto el mismo nombre y cada vez más las mismas arrugas. Sin embargo, para la mayoría del grupo fue revivir momentos con muchas emociones poco placenteras como la tristeza, la soledad, y una, que descubrí tiempo después y ahora entiendo que en ese círculo estaba muy viva con nuestras historias y es, sentirse alejado.



En los relatos que nos contamos ese día había muchas coincidencias en la forma en que nos enseñaron a ser hombres. Y aunque todos éramos de regiones, edades, nivel socioeconómico y educación diferentes, el común denominador era haber crecido con frases como:


Los hombres no lloran. Tienes que ser fuerte. Tú eres el que manda. La cocina no es lugar para hombres. Eso es de maricas. Los hombres de verdad juegan fútbol. Si lo golpean no se puede dejar. Las manos son para defenderse. Cuando una mujer dice no quiere decir que sí. El hombre es el que responde por la casa…


Escuchar este eco me hizo dar cuenta, una vez más, que es como si todos los hombres estuviésemos cortados con la misma tijera. Siendo el resultado de una producción ideológica en serie de la que (la mayoría) no somos conscientes.


Decirle a un hombre este tipo de frases es una de las muchas acciones que alimentan un modelo hegemónico de la masculinidad. Los hombres fuimos criados para no cuestionar este modelo que nos enseña a ser lo que somos. La masculinidad es un mandato, un conjunto de normas, de prácticas y de discursos, que de ser asumidos de forma más o menos “exitosa” asignan a los varones (cisgénero y heterosexuales, sobre todo) una posición social privilegiada respecto a otras identidades de género. Sin embargo, esto cancela la oportunidad de conocernos como individuos.


Descubrir esto en lo personal ha sido un camino lindo y doloroso a la vez. Ha sido un proceso de fortalecer una habilidad socioemocional que le hemos cercenado a los hombres, el autoconocimiento.


“Conocer quien soy incluyendo mis creencias, valores, intereses, fortalezas y oportunidades de mejora”.

Y no solo nos ha robado la oportunidad de conocernos, también nos ha estado matando y dañando nuestra salud mental y física. De acuerdo a información publicada por la Organización Panamericana de la Salud y la Organización Mundial de la Salud (OPS/OMS) los hombres vivimos en promedio de 5 a 7 años menos que las mujeres y somos más susceptibles a los accidentes de tráfico, suicidios, lesiones y violencia, muchos de estos siendo consecuencia de seguir esa única receta de ser hombre que tiene como ingrediente no hablar de lo que sentimos y usar la fuerza como método para solucionar los problemas, entre muchos otros.


Desde ese día, tres años solamente, me he dado la oportunidad de estar en más espacios con solo hombres y las emociones siguen siendo muy parecidas cuando contamos nuestros relatos del pasado. Pero cada vez que comparto más con ellos me siento menos alejado, menos solo y con más ganas de seguir este camino incómodo y gratificante de cuestionar el modelo heredado y hegemónico de la masculinidad.



Hace poco un amigo en una conversación muy íntima y casi con lágrimas en los ojos me decía: “Yo sé que me sigo equivocando , una y otra vez , pero ¿Por qué me tienen que decir cosas tan agresivas cuando pasa, por qué no me lo pueden decir con un poco más de amor?”, no supe qué decir, así que decidí ser el hombre que he ido construyendo y le di amor con un fuerte abrazo, ¿será el amor la clave para que más sigan recorriendo ese camino hacía el autoconocimiento?


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